Andá a pintarlo a Gardel

HECHALAMERICA POR RAMÓN MÉRICA CON HERMENEGILDO SÁBAT.

Era -tal vez siga siéndolo- como los chicos que permanecen al margen de una conversación de mayores, simulando una absoluta abstracción en el manejo del tren eléctrico o en el armado de un puzzle, aunque la verdad verdadera es que no se pierden una coma de la conversación cercana. Era así, o por lo menos parecía así hace diez años, cuando la redacción de “El País” lo contaba como dibujante y el tipo, entre metafísico y taciturno, no dejaba de observar, por encima de sus opulentos anteojos, las caras, las risas, los gestos, los tropismos, como diría Nathalie Sarraute, de esa fauna entregada al tecleteo de las máquinas. También como los chicos, al rato se aparecía por detrás de los escritorios y con esa incomparable mezcla de timidez y ternura largaba una cuartilla de papel sobre la que había deslizado un lápiz hasta conseguir los trazos imperfectibles de una caricatura.

SABÍA, QUE EN EL MUNDO NO CABÍA…

Pero a veces Hermenegildo “Menchi”Sábat, 38, canjeaba la seducción inmediata del dibujo por la aparentemente más fría mirada de una máquina fotográfica y con la misma discreción con que se arrinconaba a disecar los trazos insoslayables de un compañero de redacción, pretendía no ser observado por sus personajes hasta que un click tan tímido como su ejecutor denunciaba el testimonio que buscaba. Ya en esa época el hombre tenía temas-personajes que lo obsesionaban: Marylines de enormes bocas por las que escapaba la patética seducción de una vamp con signo trágico, Gardeles emplazados en la mitología de esa sonrisa que cada día ríe mejor, como si en esa insistencia en el estereotipo exterior de un personaje Sábat buscara un camino no trillado. Y lo encontró, porque allá por 1965 el hombre marchó a Buenos Aires como dibujante de Primera Plana y empezó a sembrar los gérmenes de una carrera que lo ha colocado, con todo derecho, entre los mejores dibujantes del mundo -digno copartícipe del talento de Pfeiffer o de Steinberg- y, sin ninguna duda en el mejor del Río de la Plata.

Sin embargo, Sábat no se rinde en su discreción ni ante la evidencia. Hace unos meses una revista argentina le hizo una entrevista donde se decía que era el mejor dibujante del mundo y a él, claro, no le gustó. “Eso es autobombo”, decía en la puerta de la galería Karlen Gumelmeier el día que se inauguraba la muestra Tango donde había obras suyas, de Neme, Forsanari, Longa, Damiani, García Reino, Arroyo y Cabezudo. “Ahora soy el mejor dibujante del mundo porque trabajo para esas revistas, pero cuando deje de hacerlo ya no lo seré más”. Autobombos aparte, había en esa entrevista una enorme cuota de verdad. Pero todo lo que se pretenda explicar de este creador excepcional es ocioso: hay que buscarlo y admirarlo en su tinta, en los laberintos de la Rapidograf con que ilustra totalmente el diario argentino La Opinión, en el impresionante ojo con que es capaz de desmenuzar las luces y las sombras de una cara su gran tema.

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