Diario Uruguay

¡No está escrito!

Parece Cuento. La historia del León que nunca apareció

Desde la frontera Rivera Livramento/Roberto Beto Araújo para Diario Uruguay.

Si hablamos de inundaciones en Uruguay, la del 59 se lleva merecidamente todos los galardones, de esto no hay dudas, pero claro que no fue la única, hubo muchas inundaciones en este Paisito, y cada una dejó en su arrastre su propia resaca de recuerdos, tragedias, historias y leyendas.

La del 68 por ejemplo, de la que tengo un muy vago recuerdo, pues el agua del Gorgoroso inundó el rancho del Viejo Fermín y lo tuvimos en la piecita de la Mama por un par de semanas como auto-evacuado, y recuerdo verlo matear al lado del brasero solitario y meditabundo.

Pero seguramente esta inundación no solo va quedar en mi memoria por el exilio forzado de aquel centauro gaucho, veterano de cuanto levantamiento armado se produjera en Rio Grande, sino por la historia que me contara el Negro Carrasco, épico gerenciador de circos, que vivió y murió en vuelta de la colorida carpa de un Circo de mayor o menor importancia según se cuadrara, y que me narró una historia que no puedo dejar de compartirla por lo extraordinaria y pintoresca, como todas las que alguna vez me contara el Negro en palaciegas tertulias que departimos mientras preparábamos los documentos de algún despacho circense.

Según me narrara el Negro Carrasco, una lluviosa mañana de junio del ochenta y pico, donde el tema inundaciones se hace necesario y excluyente por obvias razones, aquel otoño del 68 vino muy lluvioso, y el Negro tenía el Circo acampado al lado de la antena de Radio Rivera, atrás del estadio y lindero con la Vieja Toca y la cancha de Peñarol.

Y el agua se fue arrimando con la parsimonia de un buey hasta que en una madrugada comenzó a invadir el picadero del Circo lo que obligó a una urgente evacuación de toda las Instalaciones.

El negro venía pastoreando el agua que se acercaba, hasta que de repente se vino con todo y le pegó el grito al personal y ahí fue el tal hervidero de gente desarmando la carpa, corriendo las jaulas, arrastrando los tráiler y todo lo que concierne a una evacuación de urgencia, cosas que los del circo estaban bien adiestrados, pues no era la primera, y seguramente no sería la ultima que les tocaría.

La macana es que con todo el revoloteo se olvidaron de la Jaula del león que estaba más al fondo lejos del “cureoseo” de la gurisada por razones obvias, y cuando se desayunaron de la situación, ya era muy tarde, ya el agua había copado la gayola, y el león apenas que podía mantener a cabeza fuera de la corriente, en dramática epopeya.

No había forma de llevar un camión para enganchar la jaula, y la tragedia era inevitable, cuando el domador que tenía por su fiera un cariño peculiar casi que filial, no soportó asistir tamaña injusticia, y manoteó una tenaza y se tiró al agua, y nadando contra la corriente llegó hasta la jaula, enganchó el candado con la pinza y de un golpe seco de su herramienta lo abrió, corriendo las rejas de la prisión y liberando al agonizante animal.

Lo que sucedió después no es fácil de describir, todo el personal se quedó boquiabierto, mientras el domador a duras penas llegaba a la orilla, mientras la fiera liberada, nadaba creciente abajo rumbo a La Raca y después de remolinear un poco entre el ramerío de la creciente desapareció bañado adentro.

Cuando bajaron las aguas, la gente del Circo, en el más absoluto secreto se dieron a la tarea de encontrar el León perdido, pero en vano fue su esfuerzo, pese a que rastrillaron el Cuñapirú desde Paso de Castro hasta el Serpa.

Nada, ni huellas del prófugo felino.

Nunca más se tuvo noticias del León, vaya a saberse si murió ahogado entre la creciente, o si al fin encontró refugio en alguna orilla y se pasó el resto de su existencia deambulando entre los matorrales y las cuchillas de más abajo.

Alguna vaca desjarretadas que aparecieron por Curticeira, algun jadeo misterioso por las madrugadas que atemorizó al Platón, pueden dar alguna pista sobre el fin del León, vaya a saberse, pues a veces en los remolinos espumosos de las inundaciones flotan historias que uno no puede discernir con certeza si son historias o leyendas,

Vaya a saberse.